Santa Homosexualidad
Por Walfred López

Desde chico supe que la iglesia significaba respeto, total obediencia y la ánica manera de estar en contacto con Dios. Mi familia, católica no practicante, siempre me inculcó que debía temer a Dios y seguir las tradiciones que la iglesia mandaba. Durante mi niñez y adolescencia en Guatemala seguí las instrucciones de las tradiciones que van ligadas con la iglesia.

Cuando cumplí los 18 años, alguien me invitó a asistir a un retiro de un grupo juvenil muy conocido en mi país. Sin la más mínima idea del asunto decidí participar. Asistí a las reuniones hasta que llegó el día del retiro, el cual fue muy importante en mi vida y me dio a conocer una parte poco explorada en mi persona: lo espiritual. Salí de ahí lleno de emociones y sueños, pensando en conquistar el mundo. Pero cierta diferencia que desde chico había sentido, no se había ido de ahí, seguía aquella incertidumbre y ansiedad de no saber de que se trataba.

Me convertí en una persona muy activa dentro de este grupo comunitario, con la reserva de lo que poco tiempo después confesaría para “limpiar mis pecados”, para no obstaculizar mi proceso hacia el estado de perfección que Dios espera de cada uno de nosotros y para poder encajar en lo que la sociedad pedía de mí, pero que yo, sin saber la razón, no podía cumplir.

Dos años más tarde, después de un proceso doloroso y lleno de llanto, decidí confesar mi homosexualidad a Benigno, un guía espiritual. Yo consideraba que esto me hacía diferente, buscando aquella solución celestial a tan inmenso problema que obstaculizaría mi relación con Dios. Esperaba ansioso que me dijera que la solución era rezar 10 avemarías y todo estaría bien. Pero esa respuesta nunca llegó. Me dijo que no me preocupara y eso fue todo. El tenía sus “razones” para dar esa respuesta. Meses después las conocí.

Algunas de las personas de ambiente solíamos frecuentar una zona en la cual teníamos la oportunidad de conocernos o tener encuentros de placer. En varias ocasiones, había observado que mi director espiritual buscaba almas perdidas por esos rumbos y, cada vez que nos encontrábamos, me llevaba a mi casa. Yo siempre esperaba un regaño, lo cual nunca sucedía. Hasta que llegó una ocasión que decidí esconderme y observarlo. Y entonces comprendí sus “razones”, cuando “conectó” con un chico y se dirigió a la conocida área de moteles, llamada el triángulo de las bermudas, en la calzada Roosevelt.

Tiempo después de mi confesión, me pidieron que asistiera como facilitador a uno de los mismos retiros que habían transformado mi vida unos años antes. Noté que en el grupo habían algunos chicos obviamente homosexuales que estaban participando. También recuerdo las palabras del sacerdote en turno, refiriéndose a ellos de una manera déspota y ofensiva, al indicarme que debía sacarlos de ahí, porque ellos no aprovecharían dicha actividad que había sido preparada con tanto espíritu y amor para los participantes. Mi molestia fue tanta y tan profunda que fue una de las áltimas actividades a las que asistí cuando pude comprobar que la iglesia me acusaba de pecador por algo de lo cual no tenía culpa.

Segán yo, la homosexualidad era algo que me había sucedido a mí solamente por ser tan mala persona. Dios había decidido castigarme. Pensamiento basado en lo que desde chico había escuchado decir al respecto de dicha orientación sexual, obviamente nada bueno. Pero con el correr del tiempo conocí más personas que eran homosexuales y eran triunfadores en la vida. Decidí dejar de pelear conmigo mismo y de culparme por mi orientación, e inicié un viaje de exploración por el ambiente homosexual para saber de que se trataba. Conocí bares, parques, cines y la famosa calle del amor. Compartiendo experiencias me di cuenta que los intentos por quitarme la vida, para dar la espalda a aquello que no comprendía, eran algo que muchos de ellos habían experimentado de diferentes maneras, como una solución a un supuesto pecado del cual no éramos culpables. Conocí muchos nuevos amigos que hasta la fecha conservo, y de quienes recibí el apoyo que nunca había recibido de aquellos que estaban más cerca de Dios.

A mis 24 años, mi salud se vio severamente afectada por una deficiencia renal crónica. Pase momentos muy difíciles en los cuales mi vida dependió de una máquina de hemodiálisis por 10 meses, suficiente tiempo para pensar al respecto de tantas cosas que agobiaban mi vida, la cual pensaba no merecer debido a mi orientación sexual. ¡Oh, pecado imperdonable!.

Pero noté durante esa etapa tan difícil para mí y mi familia (a la que adoro), que aquellos que oraban y estaban tan cerca de Dios habían desaparecido, ya no les veía como antes ni recibía llamadas como solía recibir. Sin embargo los “pecadores” continuaban ahí, preocupados y al tanto de lo que sucediera. Vaya ironías de la vida. Jamás volví a saber de aquellas almas elegidas desde lo alto. Y el mal llamado “pecado” nunca se borró, ni con avemarías ni padrenuestros.
Mi familia y yo superamos aquellos momentos y mi vida continuó como la de cualquier muchacho de mi edad. Buscando respuestas y explorando aquello que no conocía pero que sin pedirlo estaba en mí sin explicación científica ni espiritual, sufrí rechazo indirectamente, talvez porque aquella diferencia no era tan obvia.
No siento nada en contra de la iglesia pero siempre he pensado, <<¿Cuántos muchachos y muchachas pasan por esta experiencia sin la misma suerte que yo?>>, se alejan sin encontrar dicho alivio y consuelo que la señora iglesia supuestamente promete ofrecer.

Hay un dicho popular que dice “la vida da muchas vueltas”, y fue cierto para mí. Años después, conocí a Pablo, una persona extraordinaria, con un gran corazón y una calidad humana increíble. Durante algunos meses tuve el gusto de conocerlo y compartir un romance, que pocas veces había experimentado a mis 26 años en ese momento. Pasó poco tiempo hasta que mi curiosidad me guió a donde posiblemente no quería llegar. Entre conversación, bebidas y contactos, surgió la pregunta øA qué te dedicas?. La primera respuesta fue “soy maestro”, la cual no me convenció del todo. Y tiempo después vino la segunda oportunidad de decir la verdad y sin duda salió, “soy sacerdote”, confirmando mi sospecha. Enmudecí y decidí retirarme para pensar en lo sucedido.

Pocos días después volvimos a conversar, antes de que se fuera al extranjero y el romance llegara a su fin. En ese momento sentí que mi vida espiritual y mi pecado imperdonable estaban juntos, enfrente de mí, y no supe cómo explicármelo de una manera lógica. Cuando unos años antes era imposible pensar en ello, ambas experiencias fueron como cóncavo y convexo, y se unieron en esa persona.

Me considero ser un chico “bendecido”, por la suerte que tuve de haber experimentado ese viaje exploratorio hacia mi espiritualidad, el cual aun disfruto lejos de mi país y al asistir a una iglesia en la cual ser homosexual es lo más comán del mundo, sin ser una barrera que me aleje del amor de Dios. Porque el Dios que conozco ahora no es el mismo que conocí antes. Al de antes, le importaba más saber con quién compartía mi sexualidad que el buen corazón que pudiera tener. Al de ahora le interesa más ese buen corazón que averiguar con quién me despierto en las mañanas.

Hay un espacio espiritual para nosotros y el mensaje de rechazo que posiblemente hemos escuchado desde niños, merece ser explorado por nosotros mismos para poder así tomar nuestras propias decisiones al respecto del “Amor de Dios”. Démonos la oportunidad de quitarle la máscara a Dios y ver ese rostro amoroso que nos acepta y ama de la misma manera que a todo mundo. Hay opciones, busquemos aquella que nos ayude a ser felices y realizarnos como los seres humanos átiles y valiosos que somos, y no como aquellos pecadores imperdonables los cuales se condenaron al nacer.

Para terminar quiero aclarar dos cosas: la primera, que no soy una persona religiosa, pero la espiritualidad me gusta y me enriquece el alma; y la segunda, que cualquier parecido con tu realidad es pura coincidencia.