Desde chico supe que la iglesia significaba respeto, total obediencia y la
ánica manera de estar en contacto con Dios. Mi familia, católica
no practicante, siempre me inculcó que debía temer a Dios y seguir
las tradiciones que la iglesia mandaba. Durante mi niñez y adolescencia
en Guatemala seguí las instrucciones de las tradiciones que van ligadas
con la iglesia.
Cuando cumplí los 18 años, alguien me invitó a asistir
a un retiro de un grupo juvenil muy conocido en mi país. Sin la más
mínima idea del asunto decidí participar. Asistí a las
reuniones hasta que llegó el día del retiro, el cual fue muy importante
en mi vida y me dio a conocer una parte poco explorada en mi persona: lo espiritual.
Salí de ahí lleno de emociones y sueños, pensando en conquistar
el mundo. Pero cierta diferencia que desde chico había sentido, no se
había ido de ahí, seguía aquella incertidumbre y ansiedad
de no saber de que se trataba.
Me convertí en una persona muy activa dentro de este grupo comunitario,
con la reserva de lo que poco tiempo después confesaría para “limpiar
mis pecados”, para no obstaculizar mi proceso hacia el estado de perfección
que Dios espera de cada uno de nosotros y para poder encajar en lo que la sociedad
pedía de mí, pero que yo, sin saber la razón, no podía
cumplir.
Dos años más tarde, después de un proceso doloroso y lleno
de llanto, decidí confesar mi homosexualidad a Benigno, un guía
espiritual. Yo consideraba que esto me hacía diferente, buscando aquella
solución celestial a tan inmenso problema que obstaculizaría mi
relación con Dios. Esperaba ansioso que me dijera que la solución
era rezar 10 avemarías y todo estaría bien. Pero esa respuesta
nunca llegó. Me dijo que no me preocupara y eso fue todo. El tenía
sus “razones” para dar esa respuesta. Meses después las conocí.
Algunas de las personas de ambiente solíamos frecuentar una zona en la
cual teníamos la oportunidad de conocernos o tener encuentros de placer.
En varias ocasiones, había observado que mi director espiritual buscaba
almas perdidas por esos rumbos y, cada vez que nos encontrábamos, me
llevaba a mi casa. Yo siempre esperaba un regaño, lo cual nunca sucedía.
Hasta que llegó una ocasión que decidí esconderme y observarlo.
Y entonces comprendí sus “razones”, cuando “conectó”
con un chico y se dirigió a la conocida área de moteles, llamada
el triángulo de las bermudas, en la calzada Roosevelt.
Tiempo después de mi confesión, me pidieron que asistiera como
facilitador a uno de los mismos retiros que habían transformado mi vida
unos años antes. Noté que en el grupo habían algunos chicos
obviamente homosexuales que estaban participando. También recuerdo las
palabras del sacerdote en turno, refiriéndose a ellos de una manera déspota
y ofensiva, al indicarme que debía sacarlos de ahí, porque ellos
no aprovecharían dicha actividad que había sido preparada con
tanto espíritu y amor para los participantes. Mi molestia fue tanta y
tan profunda que fue una de las áltimas actividades a las que asistí
cuando pude comprobar que la iglesia me acusaba de pecador por algo de lo cual
no tenía culpa.
Segán yo, la homosexualidad era algo que me había sucedido a mí
solamente por ser tan mala persona. Dios había decidido castigarme. Pensamiento
basado en lo que desde chico había escuchado decir al respecto de dicha
orientación sexual, obviamente nada bueno. Pero con el correr del tiempo
conocí más personas que eran homosexuales y eran triunfadores
en la vida. Decidí dejar de pelear conmigo mismo y de culparme por mi
orientación, e inicié un viaje de exploración por el ambiente
homosexual para saber de que se trataba. Conocí bares, parques, cines
y la famosa calle del amor. Compartiendo experiencias me di cuenta que los intentos
por quitarme la vida, para dar la espalda a aquello que no comprendía,
eran algo que muchos de ellos habían experimentado de diferentes maneras,
como una solución a un supuesto pecado del cual no éramos culpables.
Conocí muchos nuevos amigos que hasta la fecha conservo, y de quienes
recibí el apoyo que nunca había recibido de aquellos que estaban
más cerca de Dios.
A mis 24 años, mi salud se vio severamente afectada por una deficiencia
renal crónica. Pase momentos muy difíciles en los cuales mi vida
dependió de una máquina de hemodiálisis por 10 meses, suficiente
tiempo para pensar al respecto de tantas cosas que agobiaban mi vida, la cual
pensaba no merecer debido a mi orientación sexual. ¡Oh, pecado
imperdonable!.
Pero noté durante esa etapa tan difícil para mí y mi familia
(a la que adoro), que aquellos que oraban y estaban tan cerca de Dios habían
desaparecido, ya no les veía como antes ni recibía llamadas como
solía recibir. Sin embargo los “pecadores” continuaban ahí,
preocupados y al tanto de lo que sucediera. Vaya ironías de la vida.
Jamás volví a saber de aquellas almas elegidas desde lo alto.
Y el mal llamado “pecado” nunca se borró, ni con avemarías
ni padrenuestros.
Mi familia y yo superamos aquellos momentos y mi vida continuó como la
de cualquier muchacho de mi edad. Buscando respuestas y explorando aquello que
no conocía pero que sin pedirlo estaba en mí sin explicación
científica ni espiritual, sufrí rechazo indirectamente, talvez
porque aquella diferencia no era tan obvia.
No siento nada en contra de la iglesia pero siempre he pensado, <<¿Cuántos
muchachos y muchachas pasan por esta experiencia sin la misma suerte que yo?>>,
se alejan sin encontrar dicho alivio y consuelo que la señora iglesia
supuestamente promete ofrecer.
Hay un dicho popular que dice “la vida da muchas vueltas”, y fue
cierto para mí. Años después, conocí a Pablo, una
persona extraordinaria, con un gran corazón y una calidad humana increíble.
Durante algunos meses tuve el gusto de conocerlo y compartir un romance, que
pocas veces había experimentado a mis 26 años en ese momento.
Pasó poco tiempo hasta que mi curiosidad me guió a donde posiblemente
no quería llegar. Entre conversación, bebidas y contactos, surgió
la pregunta øA qué te dedicas?. La primera respuesta fue “soy
maestro”, la cual no me convenció del todo. Y tiempo después
vino la segunda oportunidad de decir la verdad y sin duda salió, “soy
sacerdote”, confirmando mi sospecha. Enmudecí y decidí retirarme
para pensar en lo sucedido.
Pocos días después volvimos a conversar, antes de que se fuera
al extranjero y el romance llegara a su fin. En ese momento sentí que
mi vida espiritual y mi pecado imperdonable estaban juntos, enfrente de mí,
y no supe cómo explicármelo de una manera lógica. Cuando
unos años antes era imposible pensar en ello, ambas experiencias fueron
como cóncavo y convexo, y se unieron en esa persona.
Me considero ser un chico “bendecido”, por la suerte que tuve de
haber experimentado ese viaje exploratorio hacia mi espiritualidad, el cual
aun disfruto lejos de mi país y al asistir a una iglesia en la cual ser
homosexual es lo más comán del mundo, sin ser una barrera que
me aleje del amor de Dios. Porque el Dios que conozco ahora no es el mismo que
conocí antes. Al de antes, le importaba más saber con quién
compartía mi sexualidad que el buen corazón que pudiera tener.
Al de ahora le interesa más ese buen corazón que averiguar con
quién me despierto en las mañanas.
Hay un espacio espiritual para nosotros y el mensaje de rechazo que posiblemente
hemos escuchado desde niños, merece ser explorado por nosotros mismos
para poder así tomar nuestras propias decisiones al respecto del “Amor
de Dios”. Démonos la oportunidad de quitarle la máscara
a Dios y ver ese rostro amoroso que nos acepta y ama de la misma manera que
a todo mundo. Hay opciones, busquemos aquella que nos ayude a ser felices y
realizarnos como los seres humanos átiles y valiosos que somos, y no
como aquellos pecadores imperdonables los cuales se condenaron al nacer.
Para terminar quiero aclarar dos cosas: la primera, que no soy una persona religiosa,
pero la espiritualidad me gusta y me enriquece el alma; y la segunda, que cualquier
parecido con tu realidad es pura coincidencia.