Mis Cuentos de Cipotes
Por Horacio N. Roque Ramírez

I.
UN INMIGRANTE Y UN MARIC”N:
TIEMPOS MODERNOS

Yo soy uno de esos maricones suertudos de tener una familia abierta en relación a mi vida. Mis padres posiblemente estaban listos a recibir noticias oficiales de mi sexualidad muchos años antes que yo diera el paso final. En El Salvador, me dicen ellos, los gays estaban por todas partes. Independientemente de mí, años antes que yo naciera, los dos ya habían mostrado su apoyo a gente gay, a las vestidas y a los que el pueblo talvez no entendía. Mis padres estaban en contra de la homofobia mucho antes que cualquier movimiento gay, en cualquier país.

Para mí, realmente nunca ha estado en duda si mi familia me aceptaría; nunca hemos puesto en duda la cuestión del cariño familiar. Tampoco el de las responsabilidades. Por eso me he preguntado a veces si podríamos sobrevivir como familia con un miembro menos, un contribuyente menos al clan. La carrera del inmigrante siempre es colectiva, aunque no nos conozcamos todos los que la hemos emprendido. Seré gay y seré intelectual, pero siempre soy inmigrante, para quien lograr y alcanzar significa bastante.

Que yo no permaneciera en mi familia significaría demasiado:
Sin mí — el gay profesional, el supereducado y superpreparado, el casi siempre soltero.
Sin mí — la manifestación que yo significo para un mejor futuro para una familia inmigrante.
Reconozco mi lugar en la historia de la familia: al final de inmigraciones, como el áltimo hijo, el ánico varón, uno de los más blancos, el que sin lugar a dudas toma todas las ventajas de un orden patriarcal para el bien de la familia.

II.
UN REGRESO:
OCTUBRE DEL 2001

En octubre del 2001 aterricé de nuevo en Los Angeles, un medio amante pendiente de mi llegada de Oakland. Era un “fuck buddy,” ese término en inglés tan átil para describir una buena pareja sexual, sin presiones ni promesas. En esos primeros días de regreso, de donde me había ido hacía ya siete años, este mexicano me esperaba en las noches cuando yo necesitaba de su calor y de una buena cogida ambulante. Su apartamento quedaba prácticamente entre la casa de mis padres y mi trabajo, entre los dos lugares tan intensos de deberes y necesidades. En su apartamento, él dejaba que me lo comiera en mi soledad, y me permitía entrar cuantas veces yo quisiera compartir algo parecido a lo que yo había dejado atrás: mi propio mundo maricón con mis propias llaves, el no tener que negociar nada con nadie.

A pesar de la atracción y el placer, creo que fue también ver esa misma libertad y facilidad de tener un pedazo de mundo propio que me alejaba de él. A veces hasta nuestros propios espacios pueden tornarse en soledad. El estar libre no quiere decir estar contento, ni el estar con otro siempre sabe a libertad sexual.
Fue así como poco a poco, sin diálogos concretos, paramos de vernos.

Al fin, a los tres meses de haber regresado, me sentía capaz de no tener que detenerme donde nadie, y seguir derecho después del trabajo a la casa de mi mamá y mi papá. Ellos son los dos motivos principales de mi regreso. Y me tomó este tiempo para conseguir las fuerzas para aguantar mi soledad.

III.
RETRATO FAMILIAR:
MARZO DEL 2002

Es un viernes por la noche. Acabo de regresar de San Francisco después de terminar más trabajo de investigación. Por teléfono mi prima me saluda, como bienvenida a Los Angeles. Noto algo raro en su voz.

Llego a la casa y una de mis hermanas me llama y, preguntándome si mis papás no están cerca de mí, me dice a escondidas que una de nuestras hermanas está en el hospital. No me da detalles sobre su condición. Inventando mis propias mentiras como excusas, salgo de la casa a verla sin que mi papá y mi mamá sepan a donde me dirijo. Poco tiempo después veo a varios miembros de mi familia en la sala de espera. Más adentro se encuentra el cuerpo tendido de mi hermana, casi inmóvil sobre una cama blanca en la Unidad de Cuidados Intensivos, el ICU de un hospital en Arcadia. Su condición es crítica. Ha sido una hemorragia cerebral, una realidad demasiada seria para decirles la verdad a nuestros padres ya señores.

Esta es la primera vez en mi familia que enfrento con ellos la posibilidad de una enfermedad fatal entre nosotros. Por varios días todos nuestros quehaceres quedan atrás y el clan familiar ahora se dedica a salvar a uno de sus miembros.

Para mí, la sombra de la muerte, por más lejana o exagerada que la retórica del SIDA la pinte, ha sido parte de mis viajes por más de una década. Esas pruebas ya tan rutinarias, ordinarias casi, han marcado sombras sobre mi vida de maricón moderno: de que si seré negativo otra vez, o al fin positivo, si esta vez estarán los tales anticuerpos en la sangre. Y sin embargo, por más que estas pruebas me acompañen periódicamente, siempre ha sido sólo parte del contexto maricón de mi vida personal. Pocos les pintamos a nuestras familias los detalles menos encantadores de la lucha por la salud homosexual. La condición crítica de mi hermana es una crisis distinta, porque es una crisis páblica y familiar. Son momentos cuando los familiares nos sentimos inátiles, sin poder alguno y sin embargo permanecemos juntos.

En la cama del ICU su cuerpo se ve débil y reducido, enredado entre cables y tubos conectados a máquinas digitales que le miden la vida. Su cuerpo está enrollado en sí mismo, como un cuerpo solo que extraña a su amante. Me recuerda a mí mismo.

La noche antes de mi regreso, la pareja de mi hermana la lleva al cuarto de emergencia; él no ha dormido desde entonces, todavía en shock por la situación de su amante. Les digo a mi familia que me puedo quedar despierto esta noche con ella, para estar al tanto de cualquier cambio. Esa madrugada, en los momentos que no estoy revisando su condición, lloro y escribo por cosas que ni entiendo.

Días después, mi hermana todavía en cuidados intensivos, hablamos con mi familia sobre la sangre, de que si todos sabemos nuestro grupo sanguíneo por si acaso tenemos la necesidad de donar. Yo me pongo a pensar en la sangre contaminada, de las posibles inseguridades de mi propia sangre maricona, a pesar de la seguridad que yo sienta sobre mi vida sexual. El pensar sobre la vida y la muerte me rebajan a un sentimiento de miembro familiar irresponsable, por más responsable que lo sea. Porque me doy cuenta, en medio de un pavor silencioso, que mi propia sangre también es un recurso familiar, otro lazo al clan de inmigrantes. Son cargas fuertes las que llevamos encima.

Siento una tristeza y un temor, por mi hermana y por mí mismo. Pienso que el primer tatuaje en mi cuerpo no va ser el de la silueta del mapa de El Salvador sobre mis nalgas, en tintas rojas y negras fuertes: mi geografía nacional sobre mis montañitas, subiendo y bajando cada vez que me cogen, el sube y baja de los terremotos en mi cuerpo. El primer tatuaje talvez deba ser un retrato de familia que yo pueda ver más fácilmente y con más frecuencia. Un retrato tal vez sobre la suavidad de mi prepucio, que se estire y que crezca y se encoja conmigo. Un retrato que entre los momentos más duros y olvidados sea la familiaridad que necesito cada vez que entro en territorios nuevos cerca de la sangre y la historia desconocida de otros.

IV.
HERMANOS LEJANOS:
MAYO DEL 2002

En los meses que pasan regreso a las tareas. Contináo leyendo y escribiendo y hablando en foros páblicos. Charlo sobre los momentos históricos de las lesbianas, los transgenders y el mariconerío latino de San Francisco. Sin embargo, es el deseo de mi propio cuerpo el que me cuesta narrar.

Un fin de semana cualquiera conozco a Jorge. …l es uno de los pocos en darme confianza anónima tras el internet, alguien que me dio su foto sin que yo ofreciera la mía. En este medio tan páblico de deseos privados, estas conexiones son muy importantes: de latino a latino, de inmigrante a inmigrante, de hermano a hermano. Siento que estas cosas valen bastante, el buscar comunidad y deseo a través de nuestros cuerpos, entre toda la emergencia en tiempos de nuestra peste y nuestros amores apresurados.

Jorge me da direcciones perfectas de como llegar a su apartamento, un pequeño estudio en medio de toda la centroamericanada angelina. Al entrar y verlo en carne y hueso noto que su edad es sólo un par de años más de lo que su fotografía prometía. Ninguno de los dos hemos exagerado nada. Con su bienvenida me muestra que él también está interesado en lo que ve en mí. Así, sin decir nada, firmamos un pacto de terminar lo que comenzó en lazos esporádicos cibernéticos.
El apartamento es pequeño, pero con una cama lo suficientemente grande para cuatro cuerpos centroamericanos como los nuestros. Sin darle tiempo al romance nos metemos debajo del cubrecama, los dos igual de voraces al principio. Pronto me doy cuenta que Jorge es uno de esos “bottoms” sáper activos, de los que con el culo te piden que les sirvás todo. Más bajo de estatura y menos fornido que yo, Jorge tiene una mirada pesada y perturbante que lo hace verse más grande y más viejo de lo que es, sus ojos agudos exigiendo atención y deseo.

Los condones y el lubricante están en la mesita a la par de la cama, todo muy abierto y bien preparado con anticipación para llegar a lo que él quiere. Su destreza sexual me excita, también me choca. Diez minutos después de estar cogiéndolo y sudando y sintiendo su mirada, sin necesidad de verle los ojos, Jorge sigue pidiendo más. Se convierte en un tipo de fiera más hambrienta que cuando comenzamos. Y pienso, <<éste quiere más de lo que ya no tengo>>. Así, con sus pujidos y sus culazos contra mi cuerpo, me convierte en un medio amante ineficiente.

De repente llega un pedido específico, cuando me indica verbalmente que le haga algo que no entiendo. Notando confusión en mi cara, toma mis manos con las suyas y me muestra lo que él exige, que sin dejar de cojerlo, frente a frente, también le ponga toda la presión con mis brazos sobre sus piernas abiertas, acercándoselas lo más posible a la cama. Luego entiendo el propósito de esta maniobra de abrir su hoyo todavía más. Quedamos más expuestos los dos: su culo y su hambre, y mi deber de tratar de llenar por completo algo que no parece tener sus propios límites. Esto ya no es una buena cogida, o una relación íntima con un condón bien puesto, sino que una tarea sexual. Sus ojos siguen siendo termómetros de mi habilidad, la cama es un juzgado, su desesperación que me deja más vacío que cuando entré.

Con Jorge comienzo a tratar de entender la diferencia entre la pasión y la desesperación. Porque no estoy seguro si la desesperación de Jorge es a la vez su pasión. O tal vez simplemente es el hecho que vive con su hermano en un apartamento tan pequeño, y los minutos de escape sexual con un desconocido tienen que ser apresurados. Existía la posibilidad, me había advertido antes que yo llegara, que su hermano podía regresar antes de lo esperado del culto evangélico. Es posible, talvez, que la desesperación en la cual me involucró tenía que ver con estas circunstancias de su vida, que por necesidad su placer tenía que ser agitado y opresivo. Talvez.

Semanas después del enfrentamiento sexual con Jorge todavía guardo en el voicemail de mi teléfono celular el horrible mensaje que él me deja días después de la cogida, en el cual me invita de nuevo. Sus palabras me molestan y me ofenden porque mi compatriota chapín de Los Angeles usa los términos sexuales del enemigo. No sé qué hacer con esas palabras en su mensaje, donde me dice en un inglés quebrado que me espera mi “Guatemalan Latin Lover,” (como si fuera un animal de las junglas del Petén). Un tal “Guatemalan Latin Lover,” pienso yo, algo exótico, como una de esas alfombras típicas y supuestamente auténticas del Pier One Imports, lista para ser pisoteada.

Porque, ¿cómo puercas voy a tener ganas yo de buscar a los míos si ellos mismos me alejan de mí?