Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere Anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.
“The Second Coming” by William Butler Yeats
Otra vez la prueba.
Un condón roto hace seis meses. El sobre con la fecha de expiración,
tirado en el suelo como un cadáver. Un poco antes, un par de horas en
una barra, varias cervezas, sin fecha de expiración, en busca de sexo
para ahogar el vacío. Un cuarto de baile con espejos empañados
en la pared, multiplicando la palpable desesperación y exuberancia que
emana del gentío allí reunido. Entre la multitud, un par de ojos
vacíos en donde se reflejan mis deseos empañados, ojos que se
vuelven una cara indefinida, excepto por los labios gruesos atrapados. Dos cuerpos,
mecidos al compás de la másica en un baile al son de las punzadas
hormonales, platicando sin usar palabras sino un misterioso lenguaje. Un hombre
con un nombre indescifrable; un nombre que confundo, enredado entre su voz borracha,
la másica muy fuerte, las faltas de ganas de saberlo y la sobra de ganas
de huir a su casa. Termina la cacería. Empieza el festejo.
Un apartamento en el valle de San
Fernando, el cual podría estar en cualquier lugar, en todas partes donde
hay necesidad de vivienda a bajo costo. Varios muebles discordantes, al estilo
del recién emigrado con todo y plástico en los sofás. Un
sofá que se me pega a la piel cuando me desnudo pero que no se preocupa
porque le hecho la cerveza encima mientras él y yo nos damos una amasada
riquísima. Dos cuerpos ardiendo en un sofá muy bien protegido.
Varias maniobras para romper el sobre con el condón que aparece mágicamente.
Más maniobras para abrir el resbaloso bote de lubricante que de tanto
uso se nos resbala de las manos. El bote en el suelo, el lubricante derramándose
en la alfombra, ya no nos importa. El punto de encuentro: verga y culo disfrutándose
mutuamente.
En esta sala de espera, los sillones muy bien coordinados, en un estilo muy
americano en colores pasteles. Lo peor: la espera. Formularios que necesitan
ser llenados. Una recepcionista, con el pelo rojísimo, con una sonrisa
fuera de lugar. Su dedo apuntando a los formularios, tras un pequeño
ataque de tos. No parece molestarle en lo más mínimo su tos, es
sólo eso, una tos y nada más. Recuerdos de cuando un catarro sólo
era un catarro: Cipotes que se limpian los mocos en las camisas amarillentas
que alguna vez fueron blancas; cumbias y cohetes en navidad; sándwiches
de pollo en servilletas para celebrar mi cumpleaños en octubre. La noche
del condón roto: mi cumpleaños.
Una de las preguntas en alguno de estos formularios: ¿Dónde nació?
Más recuerdos que comienzan a deslizarse hacia el olvido, en El Salvador
de los 80, epidemias que arrasan al pueblo: El dengue, el hambre, la malaria,
la injusticia, la ignorancia. Ignorancia aplastada por la realidad de una guerra
civil. El éxodo, la diáspora, el adiós de muchos que buscan
algo mejor.
Pregunta seis de este cuestionario anónimo el cual ya me sé de
memoria: ¿Ha tenido relaciones sexuales de hombre a hombre? La sala de
espera vacía. Rápidamente, la contestación, antes de que
me arrepienta: Sí. Culero: Sí. Maricón: Sí. Hombre
a Hombre: Sí. Relaciones sexuales: Sí. Miedo: Sí. Ser positivo.
Ser negativo. ¿Cuál ser soy yo? Preguntas fáciles, respuestas
difíciles. Ser o no ser.
La jeringa, extrayendo mi sangre. Un hombre con un nombre indescifrable, extrae
su pene, con un condón roto, con el semen derramado, talvez adentro,
talvez no. ¿Qué más se habrá roto esa noche? El
mismo hombre, un enfermero, en este hospital, haciendo todo lo posible por ignorarme
con una lesión en la piel, un morete, un chupete o un golpe que no se
dio cuenta dárselo. En mi sangre no hay respuestas, sólo posibilidades.
Y espero.
El mundo sigue dando vueltas: una mujer atropellada en una calle que he atravesado
mil veces; un joven se asfixia con una semilla de jocote los cuales me encantan;
un bebe tirado en un basurero por una madre que tiene la misma edad que mi madre
tenía cuando me tuvo; una guerra en un país lejano del cual traen
la gasolina para mi carro. Muertes inocentes.
Recibo mi resultado: negativo. El mundo sigue dando vueltas.
La verdad es que a lo mejor ni quería usar el condón. Me incomoda
tener que detenerme en medio de la calentura y tener que pensar en el futuro
cuando el sexo es dejar de pensar, instintivo, el ahora. Me incomoda saber que
la piel ya es una barrera que nos separa espiritualmente y esa barrera hay que
agregarle este pedazo de hule. En cada ocasión sexual está siempre
ese espectro como un indeseado mal tercio en este menage-a-trois contemporáneo.
Me molesta ver como las parejas heterosexuales no tienen que preocuparse por
un condón a la hora que quieren concebir. Y nosotros, ¿qué
concebimos?
Siempre surge esta pregunta: ¿Por qué no quieres usar el condón?
Lo que se debería de preguntar es ¿por qué quieres usar
el condón? Si no hubiera este miedo al SIDA, me pregunto, ¿a quién
le gustaría esto de ponerse el condón? ¿Por qué
estamos avergonzados de decir que no nos gustaría usarlo? Siempre este
sentimiento de culpabilidad.
El bendito condón. Sé cómo usarlo. Sé cómo
buscar la fecha en el sobre. Sé cómo lubricarlo. Sé que
el alcohol me impide tomar buenas decisiones. Sé que el ser gay me pone
en riesgo. Sé que ser gay latino aumenta ese riesgo. Tal como la mujer
que cruzó la calle sabía pero no se acordó de ver a ambos
lados antes de cruzarla, como el joven que se asfixió simplemente no
pensó en la semilla sino en el gusto de la semilla en su boca. Lo sabía,
como esa madre sabía que al tirar su bebe al basurero, iba a morir. Lo
sabía como sabía que al usar la gasolina para mi carro, estoy
apoyando la muerte de miles de iraquíes.
Me hago la prueba porque me siento culpable y responsable. Sólo espero
que la próxima vez, recuerde lo que sé.
Me preparo, para recibir el caos.