El fantasma de los fines de semana
salió a encontrarlo ese domingo. Wilton conoció al chico de camiseta
ajustada y sonrisa escueta. El chico lo miró, insinuando mucho más
que un “¿qué onda?”.
Se acercó a Wilton y sus amigos. Le dio una cerveza; le dio la mano;
le dio un apretón de nalgas, sin su permiso pero con su complicidad.
Así se presentó a la una de la mañana junto a la barra
de siempre, atendida por un hombre de ojos azules que sólo sabe sonreír
y llenar los vasos con cerveza.
Wilton lo había visto antes, en esa barra, con el chico que siempre lleva
un centro blanco, aunque afuera esté lloviendo. Esta noche estaba solo.
Wilton lo había visto antes y sabía que no bailaba. Pero esa noche
bailó con él.
No sabía su nombre. El chico lo escribió en una servilleta y también
escribió “yamame”. Wilton notó que no sabía
escribir muy bien. Deletreó llámame con “y” y no con
“ll”. Pero a Wilton le importó poco, <<en la cama el
analfabetismo pueden salir sobrando; el deletreo perfecto de los nombres y lugares
puede ser inservible entre las sábanas o con las caricias>>, pensó
Wilton.
En lugar de despedirse, siguieron hablando, mostrando un falso interés
en lo que se contaban. Se tomaron un tequila, brindando por haberse conocido.
Hablaron poco, lo suficiente para no saber nada de ellos y pretender que sabían
la mitad de la historia de sus vidas. La noche no pasó de sonrisas con
bailes seductores sobre la ropa; miradas que olvidaban el mundo; palabras inaudibles
entre las sílabas de las canciones de Shakira, Thalia, Alejandra . .
.
La música de siempre tenía un ritmo más cadencioso. El
movimiento de sus manos sobre los hombros del chico se diluían entre
las miradas de los hombres con sombrero. Hacía calor en la pista a pesar
de ser invierno afuera.
Al terminar el show de siempre de Maricela, con la canción “Enamorada
y herida”, el chico cogió de la mano a Wilton y sin invitarlo,
lo llevó a la salida de la discoteca. Cogieron un taxi. Regatearon para
que por cinco dólares el taxista los llevara hasta la Cahuenga y la Hollywood.
En el taxi el chico le dijo a Wilton, <<yuu arr so quiut>>, con
un acento pesado y escabroso. Estaba preparando el terreno para lo de siempre:
las copas, las palabras dulces, las caricias, el taxi y la mañana que
encuentra una nota con un námero de teléfono indescifrable sobre
el televisor. Wilton pensaba que el chico no tenía que perder el tiempo
con esas palabras; el destino del domingo por la noche estaba por consumarse.
Llegaron a un pequeño apartamento con una cocina simulada en la pared,
sin closet, con la cama junto a la ventana que dejaba escuchar el ronroneo de
los carros de la Cahuenga. Tenía pantalones tirados en el suelo, calzoncillos
y zapatos revueltos, un uniforme de mesero, unos condones sobre el televisor,
junto a la fotografía de sus padres y a una veladora de un santo que
Wilton no quiso reconocer.
El chico le quitó la ropa a Wilton con una rapidez de borracho. Sin preámbulo
se puso un condón con sabor a fresa. Intentó penetrarlo sin éxito.
Pareció que el chico no pudo cumplir, aunque Wilton sabe que no lo dejó
triunfar. No sabe si fue por el miedo al dolor, la falta del deseo que siempre
tiene, o sus propios tormentos de no lograr la intimidad plena que carece de
un honesto “te quiero”.
Hubo un pequeño forcejeo juguetón. Wilton quiso penetrarlo. Recorrió
su espalda con la punta de la lengua, firme, como abriendo camino al lugar de
los secretos y lo prohibido.
La mañana siguiente Wilton recuerda el intento de penetrar sin condón
al chico. Pero a propósito ha olvidado si lo penetró. “¿Cómo
se llama?”, se pregunta Wilton, al momento que pone una nota sobre el
televisor. A propósito ha olvidado su nombre. Prefiere que todo quede
como un fantasma levemente odioso de ese domingo, un fantasma de los fines de
semana que inevitablemente volverá a salir a encontrarlo.
Wilton cierra la puerta y la deja sin llave.